Por: Colaborador Invitado — 5 de noviembre, 2013
La Ciudad de México ha estado luciendo un nuevo rostro, dentro de su caos vial, contaminación y protestas sociales salen a brillar pequeños destellos internacionales desde la sábana que encubre a la cultura mexicana.
El pasado 22 de octubre InterEscena fue testigo de uno de estos momentos: el concierto que ofreció la Camerata Ireland en el Auditorio Blas Galindo –obra del arquitecto Ricardo Legorreta– del Centro Nacional de las Artes (Cenart).
Para el que escribe, el espectáculo comenzó desde mucho antes de la tercera llamada. Era una noche lluviosa y el Cenart nos descubrÃa los edificios iluminados que creaban el impacto de titanes azules, violetas y naranjas maravillando y guiándonos hacia la sala de conciertos. Una fila de guardaespaldas daba la bienvenida desde la puerta creando un sentir del todo aristocrático, pero perdonable dado el prestigio de los artistas invitados…
Al dar las nueve de la noche, los integrantes de la Camerata Ireland –antes de partir a Guanajuato como invitados del Festival Cervantino- entrarón jubilosos al escenario para tomar su lugar.
Todos vestidos elegantemente de negro con sus instrumentos en la mano, nerviosos ocupaban su sitio, a la vez que se secreteaban dejando entrever su fuerte acento irlandés, y miraban a la primera fila que se encontraba vacÃa.
Esta actitud era un poco curiosa para la audiencia, ya que tratándose de un ensamble de este nivel que desde su fundación en 1999 se ha presentado en importantes escenarios del mundo, era obvio que su intranquilidad no provenÃa por estar ante una sala de conciertos a medio llenar. Era algo más y los asientos reservados enfrente de ellos nos daban la pista.
Ya más calmados los músicos comenzaron a afinar sus instrumentos, el simple sonido que emitÃan, con la increÃble acústica del Auditorio, logró el silencio total, acallar hasta el último respiro.
En un instante, la puerta lateral se abrió abruptamente y entró el director de esta noche, el mundialmente aclamado pianista irlandés –de Belfast– Barry Douglas, quien también vestido de negro, pero en un tono más casual, con blazer y playera, causó una favorable impresión entre las jóvenes, como los estudiantes que se encontraban frente a nosotros.
Después de una discreta mirada a la fila vacÃa, Douglas levantó lentamente las manos y los violines comenzaron a emitir su magia. El concierto inició con la Obertura a la Scala Di Seta basada en una farsa francesa de Gioachino Rossini, unos de los compositores más apreciados por sus contemporáneos a comienzos del siglo XIX, hasta que fue relegado a un segundo plano con la llegada de Verdi. La textura orquestal fue cristalina y más allá de lo impresionante, el ensamble logró una ejecución más Ãntima.
Al concluir la primera pieza, el gran piano fue colocado en el centro del escenario, desde aquà Barry Douglas dirigió la segunda interpretación, Concierto para piano No.23 de Mozart, sin embargo antes de comenzar se hizo una pausa para dejar al invitado de honor tomar su lugar en aquella fila vacÃa.
La entrada irrumpió la serenidad del auditorio, y más cuando el público escuchó el anuncio de que Michael D. Higgins, Presidente de Irlanda y su esposa, acompañados por Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Conaculta, estaban presentes en este escenario del Cenart. Después de los consabidos aplausos y de la vibra que emanaban los nervios de los integrantes de la Camerata, Barry Douglas tomó las riendas e inició una diáfana y clara muestra de lo que significa interpretar y dirigir desde el piano, presumiendo una sobrecogedora interacción entre la lÃnea orquestal y solista.
Después del intermedio, el ensamble eligió interpretar una obra de su compatriota John Field, compositor dublinés del siglo XVIII. En la sala cada nota producida por el maestro Douglas en el piano fue clara, firme y precisa al tocar Aria y Nocturno, un arreglo personal que abrió una ventana a la vasta Irlanda verde.
El desempeño del cello fue intenso como la neblina que cubre los campos irlandeses y los violines zarandeaban las notas como una parvada de golondrinas. Barry Douglas en su piano valsando, dirigÃa como si fuera un pintor dando sentido a la prestidigitación sonora que acontecÃa ante los escuchas.
La pieza más suntuosa de la segunda mitad del concierto, sin duda fue la SinfonÃa No. 40 de Mozart, una de las últimas piezas de su trÃo de sinfonÃas escritas en menos de ocho semanas durante la época de crisis que sufrÃa el compositor a finales de su corta vida. Una pieza que evidencia la manera en que Mozart aprovechó su genialidad para hilvanar una creación dramática e intensa que mostrara su talento al máximo.
La presentación de la Camerata Irland y la selección de piezas elegidas para este programa en el Auditorio Blas Galindo, fue sin duda una despedida de altura para su corta estancia en el DF. Un concierto que nos llegó con los écos de Guanajuato para que a los capitalinos también nos tocará algo de la magia del Cervantino 2013.
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