Por: Arturo Carrasco — 3 de noviembre, 2014
Para aquellos que no somos iniciados o expertos en teatro al acercarnos a este maravilloso mundo, muchas veces lo hacemos atraÃdos por las historias, la dirección de escena, el cuadro actoral, todo buscando una diversión efÃmera, hasta que por asares del destino, nos topamos con un espacio sin puntos referenciales, un espacio sin sentido donde el mundo se ha vuelto incomprensible y es ahÃ, paradójicamente, donde se crea por medio de un lenguaje un mundo que permite varios referentes.
Es ahà donde el universo teatral adquiere un sentido diferente y se vuelve una instancia creadora. La obra de Samuel Beckett es un claro ejemplo de esta visión del teatro como instancia creadora, confusa y profundamente humana. En su obra más que dar a conocer o expresar, busca interrogar, no con el ánimo de lograr respuestas sino de generar dudas que terminan en un sinsentido donde la acción nunca inicia, pero tampoco concluye.
En fin, podemos decir que la obra de Beckett puede entenderse como un esfuerzo que rebasa los encuentros triviales para sumergirse en la naturaleza humana. Una gran forma de observar esto es el proyecto que la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, a través de la Dirección de Teatro, esta presentando en el espacio del Teatro Santa Catarina: No queda nada que decir, una propuesta conformada por 5 obras breves que el dramaturgo irlandés escribió entre 1963 y 1981, hacia el final de su vida.
Un proyecto que parte del ciclo los Grandes Dramaturgos del Siglo XX integrado: Improntu de Ohio, Arrullo, Pisadas, Juego y Catástrofe, cinco propuestas que ahora se presentan en una elocuente contraste generacional bajo la mirada de 5 jóvenes directores mexicanos cuya edad va de los 30 a los 34 años.
En sintesis…
Improntu de Ohio, un texto de 1980, dirigido por David Jiménez, nos presenta a dos personajes: uno que lee y otro que escucha. Esta interacción inexistente pero presente se da en un lugar incierto donde el lector dice “poco queda por contarâ€, a un escucha que anda en busca de alivio debido a la pérdida del ser querido.
En la segunda, es Mariana Gándara quien dirige lo que se llama Pisadas, un texto escrito en 1976 por Beckett que se entiende como un pasaje poético donde la idea de las pisadas son una metáfora de destrucción, duda y ausencia.
Juego, escrita entre 1962 y 1963, con dirección de Juan Carrillo, nos narra la historia de tres cabezas disociadas de su cuerpo que responden a un juego de la luz que obliga a los personajes a hablar mientras esperan la oscuridad y la quietud antes de volver a comenzar.
Por su parte, Arrullo (escrita entre 1980 y 1981), lleva la visión escénica de Mónica Jasso, quien a través de este texto nos descubre a una mujer prematuramente envejecida, la cual, después de mecerse escuchando su propia voz, comprende que ha llegado a la “conclusión de un largo dÃa (…) es hora de pararâ€.
Finalmente, Catástrofe, bajo la dirección de Damián Cervantes y escrita –en francés– en 1982 por Beckett, es una texto que nos revela la intimidad de un ensayo de teatro. Uno de esos momentos cuando el director detalla con presteza la escena, misma que su asistente ha preparado con anticipación y que termina por tornar al protagonista en un objeto más.
Son varias cosas las que destacan en la producción de No queda nada que decir, además de la dirección y el excelente quipo de actuación que recae en Harif Ovalle, Sergio Ramos Ruiz, Nailea Norvind y Georgina Tabora, se aprecia el excelente trabajo del equipo creativo conformado por experimentados creadores, el cual se conjuga en el espacio escénico para darle soporte al encuentro de las cinco piezas.
El diseño sonoro está a cargo de JoaquÃn López Cház, quien logra crear estÃmulos capaces de envolver al espectador y despertar su imaginación asà como, acompañar los cuerpos, la voz y los recursos técnicos de cada montaje.
En paralelo con este perfecto marco, también está el diseño de iluminación de MatÃas Gorlero y Félix Arroyo, asà como el vestuario de Ricardo Loyola quien con una simple pero bien imaginada gama monocromática aplicada al diseño le otorga dinamismo a la historia en el transcurrir de los momentos y los lugares.
Después de explayar mi gusto por este trabajo, lo único que puedo insistir es en que no hay que perderse, No queda nada que decir más, una obra completa que se estará presentando de jueves a domingo, hasta el próximo 6 de diciembre, en el Teatro Santa Catarina, ubicado en el barrio de Coyoacán.
Como antes dije la obra de Samuel Beckett es en sà una gran paradoja: un ser que sin ser la acción que se niega, es un algo que sin embargo se mueve, de ahà lo interesante que es el acercamiento a estas cinco miradas que hacen estos jóvenes directores sobre este autor que al igual que se asemeja a un potro indomable puede resultar un cajón de arena en donde fácilmente uno se puede hundir. Fotos: José Jorge Carreón.
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