Por: Enrique R. Mirabal — 6 de abril, 2006
A los doscientos y un años de la muerte de Friedrich Schiller (1759 – 1805), el Centro Cultural Helénico nos presenta en su Teatro, una versión de, tal y como ha sido editada en castellano en estos dos siglos, Los bandidos (Die Räuber, estrenada en 1782), ahora bajo el lapidario tÃtulo Ladrones de Schiller, con dramaturgia y dirección de David Hevia. En programa de mano y como un bonus publicitario, se nos aclara que es un primer estreno en México (suponiendo que se desate una cadena de sucesivos estrenos).
Retomar a los clásicos (o primeros románticos) puede considerarse un acto de amor o una tarea arqueológica con fines historiográficos o un juicio sumario que culmine en ejecución pública. Tratándose de Ladrones de Schiller, nos adherimos a la última posibilidad porque, a pesar del aggiornamento y a las barreras espacio-temporales del director a manera de distanciamiento con el espectador, la exhumación del texto de Schiller despide un rancio olor a muerte, dicho con todo respeto al autor de la Oda a la alegrÃa.
Primero de sus dramas, escrito a los 22 años, muy cercano a La Revolución que derramarÃa rÃos de sangre sin quitar el hambre de sus destinatarios quienes de siervos pasaron a ser proletarios, Los bandidos o Ladrones servirÃa de materia prima para una temprana ópera de Giuseppe Verdi, I Masnadieri, igualmente olvidada por pecar de los mismos excesos y defectos que su fuente literaria: ardores juveniles fuera de cauce, proclama de una libertad al estilo del buen salvaje, un desborde sentimental emparentado con las cuitas de Werther y un estilo declamatorio heredado del neoclasicismo sobre cuyas cenizas se abonó el Sturm (sin dele en el programa de mano) und Drang de Schiller, Goethe et al.
La adaptación o versión de David Hevia es un pretexto para exponer teorÃas propias o compartidas sobre la función misma del teatro contemporáneo y su relación con el espectador, postulados, entre otros, recalcados por el dramaturgo de manera incendiaria en las notas al programa: “cómo el Humanismo se difumina ante el capitalismo salvajeâ€â€¦â€ la globalización obliga (a) un reajuste ideológicoâ€.
Dicho esto, todo lo que veréis en el escenario queda validado con el nihil obstat de la corrección polÃtica al uso. La presentación de los globalizados ladrones entre los que caben lo mismo un narco a punto de bailar quebradita, un darketo unisex , una guerrillera musulmana de rostro oculto y el rengado social, hijo pródigo y heredero desplazado, Karl de Moor, quien comanda la trouppe de bandidos.
Entre éstos, destaca el único personaje intrÃnsecamente negativo entre todos los ladrones, con marcado perfil semÃtico y ataviado de cadenas doradas , Moritz Spiegelberg, el estereotipo del judÃo en quien nadie debe confiar por traicionero y ambicioso que recuerda al Jud Suss (UFA, 1940) de Viet Harlan o al Fagin que Charles Dickens pintara con tramposa gracia en Oliver Twist.
Doce actores deambulan por el escenario del Helénico en el que se invierte el diseño y colocación de los involucrados en el fenómeno teatral: espectadores en platea frente a actores en escenario. AquÃ, el patio de lunetas se reserva para un golpe efectista final. Diego Jáuregui como Moor padre repite su personaje de Planck, Carolina Politi como Amalia nos obliga a recordar su buen desempeño en Becket, de la mano de Valdés Kuri. Juan Carlos Remolina, atropella su dicción entre los largos soliloquios que le toca sortear.
Esto último, nos obliga a replantear la idea inicial: un acercamiento a Schiller en el que hubiera sido preferible limar todo discurso ampuloso de excesiva adjetivación y metáforas sobadas que fuerza a los actores a un acelerado ritmo, casi a contrarreloj, para cumplir con sus parlamentos, en un tono intermedio entre ópera parodiada y examen de fin de curso.
¿Por qué volver a los clásicos con culposo afán de contemporaneidad, tratando de enmendarles la plana? Hace casi 20 años, Margules abordó a Wedekind a través de una relectura de Juan Tovar que abrió la caja de Pandora de la cursilerÃa vanguardista. Obviamente, los mejores momentos de la puesta eran aquellos en los que se podÃa leer el original entre lÃneas; los peores , de humor involuntario, los toques brechtianos del adaptador.
¿Qué hacer con Schiller en este segundo centenario de su muerte? Leerlo desprejuiciadamente y, después, rescatar aquellas obras que el tiempo, infalible, haya decantado.
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