
Por: Interescena informa — 27 de marzo, 2019
Hoy, 27 de marzo se celebra el DÃa Mundial del Teatro, iniciativa instaurada desde de 1961 por el Instituto Internacional del Teatro (International Theatre Institute ITI). En este año la invitación del ITI para compartir una reflexión sobre este insigne dÃa recae en el cubano Carlos Celdrán.
Para Interescena es importante compartir esta cavilación que en su contexto lleva las sabias palabras de uno de los personajes más representativos de este arte escénico, quien es respetado a nivel internacional a partir de su trabajo como actor, dramaturgo, director teatral y pedagogo.
“Antes de mi despertar en el teatro, mis maestros ya estaban allÃ. HabÃan construido sus casas y sus poéticas sobre los restos de sus propias vidas. Muchos de ellos no son conocidos o apenas se les recuerda: trabajaron desde el silencio, desde la humildad de sus salones de ensayo y de sus salas llenas de espectadores y, lentamente, tras años de trabajo y logros extraordinarios, fueron dejando su sitio y desparecieron.
Cuando entendà que mi oficio y mi destino personal serÃa seguir sus pasos, entendà también que heredaba de ellos esa tradición desgarradora y única de vivir el presente sin otra expectativa que alcanzar la transparencia de un momento irrepetible. Un momento de encuentro con el otro en la oscuridad de un teatro, sin más protección que la verdad de un gesto, de una palabra reveladora.
Mi paÃs teatral son esos momentos de encuentro con los espectadores que llegan noche a noche a nuestra sala, desde los rincones más disÃmiles de mi ciudad, para acompañarnos y compartir unas horas, unos minutos. Con esos momentos únicos construyo mi vida, dejo de ser yo, de sufrir por mà mismo y renazco y entiendo el significado del oficio de hacer teatro: vivir instantes de pura verdad efÃmera, donde sabemos que lo que decimos y hacemos, allÃ, bajo la luz de la escena, es cierto y refleja lo más profundo y lo más personal de nosotros.
Mi paÃs teatral, el mÃo y el de mis actores, es un paÃs tejido por esos momentos donde dejamos atrás las máscaras, la retórica, el miedo a ser quienes somos, y nos damos las manos en la oscuridad. La tradición del teatro es horizontal. No hay quien pueda afirmar que el teatro está en algún centro del mundo, en alguna ciudad o edificio privilegiado. El teatro, como yo lo he recibido, se extiende por una geografÃa invisible que mezcla las vidas de quienes lo hacen y la artesanÃa teatral en un mismo gesto unificador.
Todos los maestros de teatro mueren con sus momentos de lucidez y de belleza irrepetibles, todos desaparecen del mismo modo sin dejar otra trascendencia que los ampare y los haga ilustres. Los maestros de teatro lo saben, no vale ningún reconocimiento ante esta certeza que es la raÃz de nuestro trabajo: crear momentos de verdad, de ambigüedad, de fuerza, de libertad en la mayor de las precariedades. No sobrevivirán de ellos sino datos o registros de sus trabajos en videos y fotos que recogerán solo una pálida idea de lo que hicieron.
Pero siempre faltará en esos registros la respuesta silenciosa del público que entiende en un instante que lo que allà pasa no puede ser traducido ni encontrado fuera, que la verdad que allà comparte es una experiencia de vida, por segundos más diáfana que la vida misma.
Cuando entendà que el teatro era un paÃs en sà mismo, un gran territorio que abarca el mundo entero, nació en mà una decisión que también es una libertad: no tienes que alejarte ni moverte de donde te encuentras, no tienes que correr ni desplazarte. Allà donde existes está el público. Allà están los compañeros que necesitas a tu lado.
Allá, fuera de tu casa, tienes toda la realidad diaria, opaca e impenetrable. Trabajas entonces desde esa inmovilidad aparente para construir el mayor de los viajes, para repetir la Odisea, el viaje de los argonautas: eres un viajero inmóvil que no para de acelerar la densidad y la rigidez de tu mundo real. Tu viaje es hacia el instante, hacia el momento, hacia el encuentro irrepetible frente a tus semejantes. Tu viaje es hacia ellos, hacia su corazón, hacia su subjetividad.
Viajas por dentro de ellos, de sus emociones, de sus recuerdos que despiertas y movilizas. Tu viaje es vertiginoso y nadie puede medirlo ni callarlo. Tampoco nadie lo podrá reconocer en su justa medida, es un viaje a través del imaginario de tu gente, una semilla que se siembra en la más remota de las tierras: la conciencia cÃvica, ética y humana de tus espectadores. Por ello, no me muevo, continúo en mi casa, entre mis allegados, en aparente quietud, trabajando dÃa y noche, porque tengo el secreto de la velocidad”, Carlos Celdrán.
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