Por: Enrique R. Mirabal — 15 de febrero, 2014
Para quienes tenemos predilección por la zarzuela y sentimos un gran placer no culposo por verlas y aplaudirlas en tiempos de performances e instalaciones como paradigma de la modernidad, nos reconforta asistir al Teatro de la Zarzuela de la calle Jovellanos en Madrid cada vez que las circunstancias nos son propicias. Invariablemente, la satisfacción rebasa cualquier expectativa y los votos porque se mantenga activo y lozano el género nos da fuerzas para el resto del año.
No se podrÃa contar las visitas a la Zarzuela sin el repaso de los tÃtulos y, a partir de ahÃ, la suma arroja cifras sorprendentes. La bruja, La verbena de la paloma, El juramento, Los sobrinos del capitán Grant (por partida doble), Doña Francisquita, La del manojo de rosas… por sólo mencionar algunos, siempre a teatro lleno, con un público que contagia su entusiasmo y es capaz de acompañar a bocca chiusa las melodÃas más conocidas, lo cual nos lleva a añorar la vieja tradición de poner a cantar al público en los intermedios estampando la letra del número musical más pegajoso de la obra en carteles (hoy serÃa con la pantalla digital) y dejar que aflore el tenor o la soprano que todos llevamos oculto.
Tras el esplendor de la zarzuela decimonónica que se prolonga hasta las primeras décadas del siglo XX, vino el inevitable declive debido a la interferencia de la comedia musical, la llegada del cine sonoro y, posteriormente, de la televisión. A pesar de los esfuerzos renovados a uno y otro lado del Atlántico (Cuba y México a la cabeza en Hispanoamérica), la zarzuela languidecÃa añorando los viejos tiempos.
Apenas se registran intentos de crear nuevas obras que renovaran el repertorio, con o sin mirada crÃtica; sin embargo, hay que reconocer la perseverancia de algunos empresarios, directores y, sobre todo, de cantantes lÃricos hispanos que, haciendo un alto en sus exitosas carreras en la ópera, acometÃan la zarzuela con todo el respeto que merece. Kraus, Caballé y de los Ãngeles, en cierta medida, Lorengar y Berganza son ejemplo de ello. Por fortuna, el interés quedó renovado en la figura de Plácido Domingo quien nunca olvidarÃa sus orÃgenes zarzueleros y el amor por el género que heredó de sus padres, Pepita Embil y Plácido Domingo, por si fuera necesaria la salvedad.
El Teatro de la Zarzuela en Madrid ha conservado y enriquecido el patrimonio musical con plena conciencia de que, para los hispanohablantes, la zarzuela es parte inequÃvoca de nuestra cultura, no es una lengua muerta como el latÃn porque su razón de ser no ha desparecido: si hay empatÃa, gusto y el interés por trasmitirla a las nuevas generaciones es porque la zarzuela merece su sitio a la par del más hermoso edificio tricentenario que pueda embellecer nuestras ciudades o como cualquier museo, teatro o la receta original de los buñuelos, simplemente, es patrimonio cultural.
Asà lo perciben los franceses con el siempre vivo Offenbach, las nuevas puestas de Gilbert & Sullivan en Gran Bretaña y las temporadas de operetas de Léhar, Kalman y Strauss en Europa Central y del Este dan fe de la preferencia de las diversas culturas por aquellas manifestaciones artÃsticas con las que más se identifican.
De la más reciente visita de este crÃtico a la Madre Patria (que lancen diatribas los trasnochados nacionalistas), le ha quedado el mejor sabor de boca gracias a la visita al TZ para reencontrarse, décadas más tarde, con La del manojo de rosas, esa joyita que, al tú por tú, brilla con luz propia junto a otros pares del repertorio. No es casual ni gratuito: un libreto ágil, debido a la pluma (hermosa expresión que nos hace odiar a los ordenadores) de Cuadrado Carreño y Ramos de Castro, lleno de gracia e ingenio, siguiendo las reglas del juego y muy orgulloso de sus arquetipos y tipos tan bien dibujados desde el primer trazo, al extremo de hacerlos entrañables.
Que decir de la chispeante y no menos delicada partitura de rica urdimbre orquestal del maestro Pablo Sorozábal, el mismo de Katiuska y La tabernera del puerto, capaz de emocionar al auditorio de hoy dÃa con habaneras y ecos de las jazz band, un compositor digno de ser revisado y revisitado por especialistas y melómanos. En resumen, un tándem ideal de libretista/compositor al tú por tú con ChapÃ, Moreno Torroba, Vives y los Fernández-Shaw, padre e hijo.
La del manojo de rosas, catalogada como sainete y reivindicadora de la definición, es una obra rica en referencias temporales y ostenta glosario del hablar madrileño de los años 30 del pasado siglo enmarcado en un paradigma de escritura fresca, sin pretensiones y ajena a crÃticos deconstructivistas.
Ni un ápice de esta espontánea cotidianeidad de barrio hubiera sido posible gozar hoy en dÃa sin la conjunción de un reparto idóneo y una dirección escénica acorde a las exigencias de libreto. Carmen Romeu, Ruth Iniesta, Pilar de la Torriente, José Julián Frontal y Luis Varela, secundados por un reparto muy parejo y eficiente redondean el concepto creado por Emilio Sagi.
Miguel Ãngel Gómez MartÃnez como director musical imprimió brÃos y ritmo a la orquesta y coros titulares de la Zarzuela, en un justo balance de tonos e intenciones que, pese a ser un obligado del género, no siempre se logra. En este caso, todo estuvo en su justa medida. Igual nivel de excelencia y cohesión de factores salta a la vista en la escenografÃa realista de Gerardo Trotti, con sorpresivas y felices resoluciones para los cambios de escena como el de la escalera que asoma tras la fachada principal; el vestuario de Alfonso Barajas, fiel a la época y armonioso resaltó a tono con el diseño de luces de Eduardo Bravo. Todo en su sitio, nada fuera de lugar. Una puesta perfecta, sin costuras visibles.
Regresamos a Emilio Sagi, el responsable de todo lo que hemos mencionado junto al maestro Gómez MartÃnez en lo musical. De Sagi, hemos visto con anterioridad una Doña Francisquita memorable y El juramento, un exquisito rescate de Gaztambide para el que hiló un fino encaje escénico. También El dúo de La africana en un Real que deberÃa abrirse más a la zarzuela y la opereta por salud propia.
Sagi es una rara avis de la escena contemporánea que ha asimilado las posibilidades expresivas, los recursos técnicos y la imaginerÃa actuales para ponerlos en función de un teatro que no desdeña la herencia ancestral, combina sabiamente ambas experiencias para finalmente lograr espectáculos que cautivan al público porque, precisamente, están creados para ese fin.
Lo ingenioso no tiene por qué ser aburrido ni abusar de la paciencia del auditorio. Recordemos la máxima de Buñuel refiriéndose al cine pero que puede aplicarse igualmente al teatro: “todo se vale menos aburrirâ€.
En La del manojo de rosas, el ritmo de la puesta, el timing tan difÃcil de lograr alternando diálogos con canto y bailes, es de una sincronÃa inusual en la zarzuela que siempre ha sido más relajada en cuanto a la precisión de reloj más cercana al musical de Broadway o del West End.
Los bailables de esta puesta, con el imprescindible apoyo de Goyo Montero, tan ducho en estas lides coreográficas, son lecciones de coordinación de movimientos con naturalidad y soltura.
El baile fluye y se integra a la acción, al igual que el desparpajo de los personajes de carácter se diluye en el melodrama folletinesco de la trama. Los momentos de poéticos encuentros o despedidas, asumiendo el riesgo de acercarse al borde del tópico sentimental, se mantienen en un semitono de contención, emotivo y de buen gusto.
La afinidad de Sagi con el cine es patente, rinde homenaje a momentos señeros del musical hollywoodense con especial dedicatoria de Gene Kelly bajo la lluvia y también a clásicos anteriores como Street Scene de King Vidor (1931), a partir del texto de Elmer Rice que también motivara al compositor Kurt Weil.
Las escenas callejeras, populares y pintorescas que ostenta el sainete de Sorozábal son explotadas al máximo por el talento de Emilio Sagi. Un gozo total para los habituales de la zarzuela y para todo aquél que sepa apreciar el buen teatro, ese con mayúsculas que hace el ovetense.
No todo es zarzuela en el Teatro de la Zarzuela. Por su escenario pasan los más importantes intérpretes de la lÃrica contemporánea en magnÃficos recitales y conciertos. La danza también es bienvenida y las actividades para atraer público joven están contempladas en su programación. Hay que consultar la cartelera. Cada año, se suman nuevos tÃtulos y se reponen maravillas como La del manojo de rosas.
Esta reseña no se hubiera podido escribir sin la amabilidad y los buenos oficios de Don Ãngel Barreda, corresponsable del exitoso funcionamiento de la Zarzuela.
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