El Custodio de Hamlet.

Por: Enrique R. Mirabal — 2 de octubre, 2005

Casi cuarenta años atrás, se publicó en México una edición bilingüe muy singular de La trágica historia de Hamlet, Príncipe de Dinamarca por William Shakespeare. El traductor al español ( en verso blanco) del original en inglés y responsable del proyecto fue el exiliado español, Álvaro M. Custodio (1912-1991). Este infatigable estudioso e investigador, adaptador de clásicos españoles y guionista del cine nacional (nada menos que Aventurera), presentó versiones de La Celestina, El Quijote y otras ante audiencias cultas y populares, se mantuvo en activo en los terrenos universitarios y fue un promotor cultural de primer orden. De su mano debutaron o actuaron connotadas actrices y actores mexicanos y españoles, entre ellos, la recién desaparecida Ofelia Guilmain.

El Hamlet de Ediciones Teatro Clásico de México 1968 entra muy bien custodiado en los terrenos de la crítica y la historia, con innumerables referentes, apuntes y notas que enriquecen – si es posible la expresión tratándose de este paradigmático texto- la lectura y dan luz sobre aspectos no siempre bien entendidos de la tragedia. El comparativo diacrónico de las diversas traducciones expone las omisiones injustificables y la autocensura de timoratos traditori como también enjuicia las diferentes ediciones críticas de Hamlet o compara términos que en el Siglo de Oro español tenían contraria significación a las convenciones inglesas del teatro, v. gr.: entrar y salir a (de) escena.

En los preliminares y a continuación del texto bilingüe, aparecen los más interesantes y exhaustivos análisis en castellano de la sociedad y el teatro ingleses en tiempos de Shakespeare, las fuentes en las que abrevó el inglés para crear su personaje, una cronología de sus obras y la relación de las puestas en escena dignas de destacarse en Inglaterra, Estados Unidos, España y México, por supuesto, hasta el año de 1968.

Como colofón, un análisis y concepto de la tragedia y el descriptivo de los principales estudios críticos sobre Hamlet, desde Voltaire y Goethe hasta Bradley pasando por Coleridge, Tolstoi y Bernard Shaw sin faltar la interpretación de los simbolistas y , qué menos, el enfoque freudiano de la relación madre-hijo, arquetípica derivación que se ha explotado hasta la saciedad en el siglo XX, con fundamento o no pero que ya huele a algo podrido y no solamente en Dinamarca. Por fortuna, Custodio no tuvo que sufrir la involuntariamente ridícula versión cinematográfica de Zefirelli y Mad Gibson pero sí menciona el interesante acercamiento de Richard Burton al Príncipe de Dinamarca bajo la dirección del excelso John Gielgud, uno de los grandes actores ingleses de todos los tiempos, especialista en Shakespeare.

En la larga lista de patrocinadores de la edición encontramos dependencias oficiales como el IMSS, UNAM, algunos de los bancos más fuertes de México en ese entonces e ilustres nombres de la cultura nacional y – ¡por favor, señores, sigan la tradición!- conocidísimas personalidades del mundo empresarial, entre ellas, el honorable publicista Augusto Elías. Si se juntaran esfuerzos similares en nuestros días, se podría reeditar el trabajo de Custodio y se pondrían en marcha otros proyectos de igual valía que tanto necesitamos.

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“Uno no debe permitirse salir al escenario sin estar preparado en cuanto al conocimiento del personaje que se interpreta, si el ballet tiene una historia hay que contarla y vivirla lo mas real posible. Como intérprete, el reto es hacer llegar y entender al público la historia solo con los movimientos del cuerpo”, Raúl Fernández, diciembre 2009.